Y, además, tocaba las maracas: El Chávez que yo conocí

Por Carlos Camacho

A pesar de que soy periodista, pasé buena parte de los 14 años de Chávez evitando escucharlo: me podía permitir ese pequeño lujo, ya que nunca me tocó cubrir la fuente de política, al menos no directamente. Pero Chávez fue borrando, poco a poco, las fronteras entre la política venezolana y el manejo de la economía venezolana: es decir, ya no me podía dar el lujo de ignorarlo, cada vez debía cubrirlo más, y más de cerca, en determinado momento teniendo que ir todas las semanas a Miraflores para ruedas de prensa, firmas de acuerdos, visitas oficiales, etc.

¿Y cómo lo hizo? ¿Cómo logró Chávez borrar las fronteras entre política y economía, y, más adelante, entre labor de gobierno y show business? Fácil: Lo logró doblando las reglas del juego democrático…y tocando las maracas.

Dame pa’ matalos

El año es el 2008. Los periodistas estamos en el Teatro Teresa Carreño, esperando que aparezca Chávez: en el escenario, estaba tocando uno de los peores grupos de todos los que patrocinaba el gobierno por ese entonces, “Dame Pá Matala”. El ambiente, recuerdo, era infantil a la vez que militante: mitad “jamboree” de los boy scouts, mitad rally de la Juventud Hitleriana.

Escuchando los adocenados acordes de DPM -una especie de reggae con “influencias” venezolanas, y eso que son venezolanos- me di cuenta de una pequeña conmoción en el lado izquierdo del escenario: Chávez está conversando con el maraquero del grupo, y este, repentinamente, le da a Chávez las maracas. El público (y Chávez siempre tuvo público, nunca un electorado) empieza a reaccionar cuando Chávez llega al centro del escenario y es pandemónium: El Presidente de Venezuela está tocando maracas furiosamente y, debo admitir, con envidiable destreza. La música muta, DPM cambia su reggae-zuela por algo más parecido al joropo. Chávez sonríe: una vez más se ha robado el show. Ese era Hugo a swing completo.

“Impertinente”

Mis primeros encuentros periodísticos con Chávez fueron menos espectaculares y menos gratos, aunque más cercanos. Una vez, a pocos días de ser electo, en enero de 1999, me espetó: “esa pregunta es impertinente”, simplemente por preguntarle si pensaba ratificar a la profesora Maritza Izaguirre como Ministro de Finanzas, cargo que la profe -de quien luego me hice amigo- ya venía detentando con el saliente Rafael Caldera.

Me sentí ofendido primero, nunca un entrevistado me había increpado de esa forma, y luego amenazado, cuando un fotógrafo de la DISIP me tomó, sin disimular, una foto del rostro. A ese pobre hombre lo mataron el 11 de Abril, dicen que fue el primer muerto, en paz descanse.

Pero la verdad es que yo me las había arreglado para sorprender a Chávez, el maestro de la sorpresa: Izaguirre fue ratificada, como ya yo había predicho, y creo que sigue detentando el título de la única ministra de finanzas de dos gobiernos sucesivos, con Caldera y con Chávez.

Chávez odiaba que lo sorprendieran, que le adivinaran una jugada, pero amaba sorprender. Echó para atrás la designación de Francisco Faraco a un puesto clave del gobierno solo porque los periódicos la anunciaron antes de que fuera oficial. Por otra parte, se mofó de su ministro José Rojas, al que destituyó de improviso en un acto publico, diciéndole después del anuncio, y ya tras bambalinas, “¡y tu no lo sabías! ¡Y tu no lo sabías!” Brincaba arriba y abajo como un niño, y era difícil no sentir cierta simpatía por Chávez y cierta lástima por el incauto Rojas. A diferencia de casi todos los otros ministros de Chávez (le gustaba repetir ministros), a Rojas más nunca lo llamaron al gobierno.

The Miraflores Show

Pero Chávez también podía ser un anfitrión deslumbrante: ya a sus anchas en Miraflores, en 2010, se oyó un toque de corneta: instrucciones para la Guardia de Honor, ya sabíamos. Pero Chávez se acercó a los reporteros y nos explicó que significaba exactamente el toque: “Atención mi capitán, que ya viene el coronel”, la melodía del trompeta imitaba esas palabras como una orden hablada. Luego Chávez fue un paso más allá para ilustrarnos: Hizo que el corneta tocara varias órdenes falsas y nos las iba explicando, generando un pequeño caos en Miraflores, con ayudantes y edecanes de todo rango acercándose a que les confirmara cierta orden. “No chico, es simplemente, aquí, explicándoles a los periodistas lo que significan los toques de corneta”. Fue un momento bastante íntimo: A Chávez realmente le gustaba la vida militar, y nos dejó asomarnos a su mundo por unos minutos.

Ya en 1999 me había llamado “impertinente” en cadena nacional, y en 2010, como para celebrar nuestro aniversario, tuvimos otro pequeño roce, también en cadena nacional. Una delegación de Belarús estaba en Miraflores. Los periodistas le preguntamos a Chávez que tipo de negocio venían a hacer. “Ellos vienen a traer unos camiones para exploración petrolera, para hacer unos estudios, como se llaman…Rafael!”, dijo, apelando al ministro Ramírez que no estaba por ahí cerca. En eso yo dije, no lo pude evitar, “camiones de sísmica”. A Chávez se le iluminó el rostro por un segundo: “Exacto!” dijo, pero luego los ojos se le achinaron y achicaron como a un malo de película para decirme: “Cónchale, tu si sabes…”. Dios guarde su alma, yo no le caía bien al Presidente, sobre todo cuando hacía mi trabajo más o menos bien.

Vi enfrentamientos más físicos y más violentos con otros periodistas, sobre todo con mujeres, como a mi colega Patricia Janiot, a quien acusó de tarifada, y a Beatriz Lecumberri, a quien, durante una rueda de prensa para discutir las acusaciones de Interpol sobre la supuesta computadora de Raúl Reyes, le puso la entrepierna en la cara (ella estaba sentada, Chávez no era tan alto ni Beatriz tan bajita), mientras gritaba y agitaba papeles. Pocas veces vi a Chávez (o a ningún presidente) tan agitado en público, aunque Lecumberri en su libro “La Revolución Sentimental” describe ese encuentro de manera decididamente menos confrontacional. Pero ahí está el video, y los testimonios de mis otros colegas.

El mismo día de la computadora de Raúl Reyes, minutos antes de su explosión ante Lecumberri, Chávez trajo un arma anti-tanque al salón Ayacucho, y yo temía una explosión, de otro tipo: Chávez a veces era bastante descuidado. El jefe de la guardia de honor era un oficial negro, gigantesco, a quien Chávez le preguntó “¿seguro que esto está desactivado?”. Los dos se rieron, y a mi no me quedó más que reírme también: Chávez empezó a pasar el arma entre los periodistas como quien enseña un libro o un disco.

La idea de traer el lanza cohetes era demostrar que unas armas capturadas a la FARC no podían haber sido provistas por Venezuela, pero Chávez lo que quería realmente era impresionarnos. Ese día discutimos el arma anti-tanque alemana “Karl Gustav”, que los alzados usaron en el golpe de 1992, y, una vez más, sorprendí a Chávez, pero de manera que le agradó: “Bueno, entonces tu sabes que el que usamos nosotros es recargable, mientras que el que le capturaron a la FARC es de un solo tiro, desechable, es decir, no pudimos haber sido nosotros”. Uso mi pregunta a favor de su argumento, pero con Chávez uno ya estaba acostumbrado a esas cosas.

Como dije al principio, con otros presidentes, la política y la economía estaban separadas, y las estrellas de Hollywood nunca iban a Miraflores (ahí conocí a Benicio del Toro y hablé un rato con el, esa foto si la tengo). Pero con Chávez todo era todo, y los periodistas tenían que acostumbrarse a cubrir de todo: Terminaban entrevistando a Benicio del Toro, cuando habían ido a buscar a Rafael Ramírez, por ejemplo. Con Chávez, todo era política, todo era economía, y todo era un show.

Y sigue siendo el único Presidente de Venezuela a quien yo haya visto tocando las maracas. Así lo recuerdo ahora.

En paz descanse.

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